Cuando tuve que parar

El 1 de abril pasado se registró en el norte de Chile un terremoto de magnitud 8.2 grados. Afortunadamente en la ciudad donde vivo (Arica), el movimiento no generó grandes afectaciones, al menos en lo material. Sí, hubo trizaduras en paredes y esas cosas, pero mayor a eso, no.

Fueron días intensos, los que por cierto me pasaron la cuenta.

El terremoto ocurrió el martes por la tarde-noche. Se cortó la luz, pero con el celular pude advertir a mis colegas de BioBioChile.cl (sí, me cambié de trabajo el noviembre anterior) lo que había pasado.

Mi idea era salir corriendo a cubrir todo, pero era imposible. Mi madre estaba nerviosa, mi hermana igual y comenzó en Arica la muy conocida evacuación. Ello porque se advirtió la posibilidad de generación de un tsunami para las costas de Chile.

Si bien donde habito no es una zona de amenaza, pues me encuentro en el límite de lo que las autoridades han afirmado llegaría una ola, nos movimos una cuadra más lejos (este) a visitar a una tía y primos. Eso me sirvió para sacar algunas fotos, de cómo se llevaba la evacuación.

Estuve cerca de 30 minutos entre estando con mi familia y sacando fotos y videos.

Cuando ya vi que mi madre estaba un poco más tranquila, le digo que debo acudir a la oficina de la Onemi (entidad de emergencia), para cubrir lo que ocurría. Con regañadientas y el ‘cuídate’ de una preocupada mamá, la dejo.

Emprendo camino y tal cual lo tuve que hacer a pie, iluminado solo con la luz de la pantalla del celular. Era yo, mi cámara y el celular.

Tarde al menos 30 minutos en llegar, y enhorabuena sin problemas en el camino.

Vi mucha gente nerviosa. Otros caminando, muchos de los cuales pude divisar cuando estaban muy cerca a mí, pues estaba completamente a oscuras. Las sirenas eran el sonido que acompañaron todo ese viaje.

Una vez en la Onemi pude sacar más fotos, conseguirme un computador y despachar material a donde mis compañeros. Además, me conseguí un cargador y pedí la clave Wi Fi, que me permitió comunicarme y saber qué pasaba. Eso ayudó a enviarles audios de puntos de prensa que las autoridades hacían en el lugar.

Me quedo ahí hasta cerca las 00 horas. Eso porque la corresponsal del 13 y CHV en Arica comentaba que debía salir a grabar para obtener “monos” (imágenes) de los daños y situación de la ciudad, más “cuñas” (declaraciones) de personas.

Cuento corto, le dije que la acompañaría, pero para lograr eso tuvimos que hacer dedo para llegar a una zona cercana donde la colega había dejado su vehículo. La evacuación la obligó a dejar el auto en un lugar lejano.

Consiguiendo el auto, gracias a una amable chico que estaba devolviéndose al Casino Arica donde trabaja, acudimos a grabar, mientras yo sacaba más fotos.

En medio de eso, me piden hacer un despacho para Chilevisión a primera hora de la mañana siguiente. Con el permiso de mi jefe, acepté y al otro día, sin dormir absolutamente nada, lo hacía. En vivo y para todo el país… aunque cuando lo hice no pensé en eso último.

En la oscuridad vimos algunos daños y efectos del tsunami en un conocido local comercial, ubicado cerca de la playa. Derrumbes en el Morro de Arica y gente que no evacuaba por temor a saqueos (los menos la verdad).

Ya de mañana, logré descansar unas 3 horas. La luz había vuelto, así que podía conectarme y trabajar para BioBioChile. Lo hice, tuve un pequeño aporte en la tarde y me dieron libre. Pero a la noche todo volvió a ser intenso. Dos sismos, uno de ellos 7.6 grados motivaron nuevamente la evacuación.

Por segunda vez la gente dormía en cerros y con el temor de esperar otro terremoto. Les confieso que esa noche no encontré tan entretenido el sismo, como lo fue el 8.2.

Los medios, en especial la televisión, no ayudaban a calmar la situación. A cada momento repetían que el 8.2 no era el gran terremoto que por años se esperaba para la zona norte del país, así que podía nuevamente ocurrir otro gran sismo

Eso generó nerviosismo en la población. Tanto que al otro día, rumores de otro terremoto -difundidos por un audio anónimo en WhatsApp- motivaron la huida a cerros. Incluso mi familia lo hizo -aunque a otro sector-.

Así entonces estuve solo. Entre que reporteaba, trabajaba y me alimentaba.

De a poco las cosas se normalizaron. A una semana, ya todo era normalidad. Sin embargo para mí no.

El lunes posterior, trabajé normal. Pero por la tarde comienzo a sentirme mal. Sentía el cuerpo pesado, tuve fiebre, vómito y escalofríos al dormir. Acudí al médico y ante los raros síntomas, le explico qué hacía yo. Fue ahí que notó que tenía estrés aguda. Por ello me mandó al sicólogo.

Freak por decirlo menos. Jamás me he estresado en mi vida, ni siquiera en la universidad pero por primera vez lo estaba.

Tras una conversación con mi jefe, me dice que me tome tres días sin necesidad de licencia, ya que estaba dentro de los beneficios. Sin dudarlo, tomé aquello y descansé. Simplemente necesitaba eso y desconectarme un poco. Cosa que, en serio, me cuesta mucho.

Ya a un mes de ocurrido el asunto, sólo lecciones quedan de lo vivido. Es cierto, tuve que parar, pero si me preguntan, volvería feliz a hacer la pega que hice porque de verdad estaba en el lugar y la hora indicada para ponerme a trabajar.

Les dejo esta galería con algunas de las fotos que saqué durante esos terremoteados días. Y abajo videos de cómo fue el movimiento en mi ciudad.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. CamiNSF dice:

    Eso le pasa mucho a los colegas que nunca se desconectan y siguen trabajando incluso mientras duermen. Te lo digo yo que soy una rehabilitada, y que terminé con un problema de vértigo horrible (y también con tres días de descanso, pero con licencia), y entendí que en la vida no todo es trabajo. Haz deporte, sal con los amigos, busca un hobby, lo que sea, y no vivas para trabajar. Es la única forma en que no te pasará de nuevo.

    Yo también amo lo que hago y el lugar donde me desempeño. Pero también amo mi vida y sé que tengo que vivir, porque esta edad es la más bacán de la vida (me han contado).

    Saludos, colega🙂

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